lunes, 25 de octubre de 2021

SA - Presentacion

Primera escena en un departamento espacioso en algún lugar de barrio norte. Una ventana abierta con un cielo estrellado tras la silueta de los edificios.

En la habitación Tebrasti se acerca sigiloso, como la sombra de un gato, y posa su pálida mano en el hombro de Healer. Lo sorprende, interrumpe su concentración en el video juego en el que se encuentra jugando desde hace algunas horas.

H —¡Ay carajo! ¿Tenes la necesidad de comportarte de esa forma? Si no fuecemos amigos, juraría que vas a morderme.

T —Soy lo que soy… Un ser de la oscuridad, y no puedo evitar moverme como una sombra, mi naturaleza me…

H —Te gusta acechar a la gente y asustarla, no me vengas con tu poesía gótica. Unos segundos más tarde y me habrías hecho perder ante el boss de la mazmorra.

T —Oh, el boss, el jefe de la mazmorra. Podrías vencer a un jefe de verdad, en una mazmorra de verdad, niño.

H —Pero juego con un DPS, cosa que no puedo hacer en la realidad.

T —Te consigo unas pistolas y listo.

H —Eso sería burdo.

T —¡Y te quejás de mi poesía gótica!

Tebrasti deja caer la blusa escotada por su hombro y gira la cabeza como advirtiendo algo en la lejanía por la ventana.

T —Ella se acerca, surca los cielos nocturnos y viene por nosotros…

H —¿La pirata viene volando con sus botas espaciales?

T —Si. Pero yo lo dije más bonito.

Por la ventana se dibuja una silueta de unos pies asomando por la parte de arriba, le continúan bajando unas piernas, una cadera, un torso, un par de brazos y una cabeza. La silueta levemente luminosa en su contorno, se detiene en la ventana y luego se adentra levitando. 

T —Pirata… Tus entradas siempre son dignas de una novela de realismo fantástico!

H —De ciencia ficción, che.

T —Es lo mismo. La gente de hoy busca en los robots y en naves espaciales los golems y barcos encantados de antaño, los mitos reencarnan en nuevas formas, pero son los mismos arquetipos.

H —Todo es copia de algo, ya sé.

P —Como veo, Healer viciando en la consola y Tebrasti gozando de él mismo. ¿Ese hombro descubierto lo hiciste a propósito?

T —La oscuridad de la noche conspira a mi favor y me envuelve de lúgubre poesía…

P —¿Comiste?

T —No, en un rato, igual no tengo hambre…

H —¿Trajiste comida, Pirata?

P —No, pero seguro que Kinesis trae algo.

H —Kinesis trae el embase vacío de lo que se comió por el camino y al llegar pregunta que hay en la heladera mientras va para la cocina.

Tebrasti sonríe, esa escena parece repetirse en su mente, la ha visto muchas veces. Muchos deja vu, sus recuerdos pueden replicarse de forma vívida, como una reproducción, y realmente la escena se repite.

T —Está en el umbral, destraba el portal de la arquitectura que nos cobija y se sumerge.

H —Es decir que está entrando.

P —Lo vi a una cuadra cuando descendía, sí…

T —Los heraldos de la noche bohemia y la aventura se reúnen, nuevamente… ¿Qué destino les depara en esta jornada?

P —Yo no tengo ganas de hacer un coño, no sé ustedes. Me pienso sacar las botas y andar en patas por tu fantástico parquet.

T —El parquet es una de las maravillas más sexys que puede disfrutar un ser en este mundo. Y lo digo yo, que saboreo maravillas sexys varias noches!

Y mientras que Kinesis llama al ascensor, Pirata se quita los guantes, la mochila, el cinturón y las botas. Sus pies desnudos caminan por el suelo de madera y ella se estira haciendo sonar los huesos de su cuerpo.

T —¿Recreas una escena erótica? Creo que eh visto una así en…  Sí, oh si, sé donde la he visto. Una película, y también una persona, fue en el siglo pasado.

H —Si no fuera que estoy en algo importante no me perdería el porno gratuito…

P —Preferís el porno virtual. Igual me da lo mismo si me mirás el culo, no tengo tus mismos tabúes!

La puerta se abre, entra Kinesis. Un muchacho gordo con ropa holgada, y que a pesar de su tamaño se mueve casi caminando sobre nubes.

K —¿Qué hay en la heladera?

H —No vayas a la cocina, es al pedo, no hay nada. Bueno, una barra de chocolate amargo pero no hay leche.

K —¿Por qué carajo nunca tenés unas milanesas, che?

T —Sabes que mis apetitos son diferentes. Si fueras caballero, quizás procuraría tenerlas, y te cocinaría uno de esos sanguches con todo mi cariño. ¡Sonreirías de alegría mientras juego con los risos de tu cabello!

P —Ahora vos estás haciendo la escena erótica…

T —Bromeo, Pirata, él no es mi tipo.

H —Pero podría serlo si fuese caballeroso, jaja!

K —Pirata, vos tenés tecnología de punta. ¿No podés materializar un pollo al horno?

P —No soy tu cocinera, pibe. Y el materializador está en la nave, no es portátil.

K —¡Con lo importante que es! No sé por qué no lo llevás en una valija o algo así. ¿Todavía no vino el pecesito?

T —La Sirena se sumerge en la noche, pero en otros mares.

K —Es decir…

P —¿Está garchando?

T —Bueno, algo así.

K —¿Cómo lo sabés? Siempre me pregunto si te metés en nuestras mentes y ves lo que hacemos. ¿Estás ahí cuando cago o me hago la paja?

H —Cuando ves tu porno fetichista.

T —Ustedes, humanos inocentes, gritan sus emociones aunque estén callados. Con un poco de empatía se puede sentir miles de jadeos y arcadas, sustos y deleites, como un mar de sensaciones, es aterrador y maravilloso, es sublime.

P —Alguien con tu sensibilidad puede percibir las frecuencias mentales. Yo puedo hacerlo si me dan unas horas para configurar el rastreador. Pero en sentido figurado, no tengo ganas de moverme de acá.

Pirata ya estaba sentada cómodamente en un mullido sillón entrecerrando los ojos. Healer frunce las cejas y tuerce el mando de la consola inútilmente.

K —Tebrasti, avísame cuando la Sirena termine de divertirse así le pego un llamado, que compre algo mientras viene para acá.

T —¿Por qué no compraste vos?

K —No tenía suficiente dinero encima, y no encontré nada, además.

H —Comiste en el camino.

K —Un tentempié nomás… ¡Estaría unos choris!

T —Ok, yo salgo a comer, lamento no poder invitarlos.

Tebrasti se desliza amortiguado hasta la ventana y salta a la pared del edificio, corre burlándose de la gravedad y de un par de leyes más. Salta de edificio en edificio y se sumerge en una ventana lejana.

H —Debería horrorizarnos lo que hace, no sé por qué no es así.

K —Por que tiene un departamento espacioso y lo usamos para boludear, y no protesta demasiado, y te deja usar esa pantalla gigante. ¡Si tan solo tuviese comida en la heladera!

H —Traela y dejala ahí, él no se la va a comer…

K —De hecho eso pensaba hacer mañana. Comprar algo de pasta, salsas, unos patis para el bajón!

En algún lugar de la ciudad Sirena se levanta de una cama revuelta. Su amante se entrega al sueño y ella lo mira combinando en su rostro ternura y resignación. Cada uno de sus amantes tiene sus pro y sus contra, y este es intenso, pero corto, apasionado pero de fácil sueño. Recorre su cuerpo, contempla su desnudez, sonríe y va al baño. Al rato se lamenta de tener que vestirse para salir a la calle, sale del cuarto arrojando un beso a la entrepiernas. Luego se adentra a la calle con un rumbo fijado, una costumbre. Callejeo y coqueteo, sexo, a veces más sexo, callejeo bajo las estrellas, luego un espacioso departamento en barrio norte y diálogos random.

En el departamento... Kinesis había conectado un segundo mando intimando a Healer a jugar algo de dos jugadores. Cede a regañadientes, pero al fin un noble tributo a la amistad.

H —Te voy a romper el orto, puto!

K —Demasiado shooter y rpg, pero con las peleas yo soy la verga, así que prepará la vaselina. Tiene que haber en la mesa de luz de Tebrasti.

H —Seguí soñando, nenita!

P —Acá la nenitas somos Sirena y yo, y en lo que a mi respecta los cago a tiros mientras ustedes, infantes, juegan…

Tebrasti se arroja de una ventana a la otra, como si cambiase la gravedad a su antojo, y se zambulle en la oscuridad de las habitaciones como delicado pez en un lago.

P —Juguemos un shooter, los liquido a los dos.

H —Vos tenés experiencia disparando en naves espaciales, no es justo.

P —Vos probablemente podrías manejar cualquier nave espacial si le conecto el mando a la consola de la cabina.

H —¿Me vas a dejar manejar tu nave?

P —Ni en pedo, pibe…

K —Esperá que le rompo el culo a Healer, y luego jugamos por turno. Yo lo de pantalla dividida no me lo banco.

La Sirena, que no acostumbra a tomar taxis, sube a un colectivo casi vacío. Embriagada de la magia de los colectivos vacios nocturnos. Se balancea por el pasillo, rosa las sillas con sus dedos, se sienta en el fondo como una reina en un trono en una carroza. Como una capitana en el puente observando a pleno el navío. No le da demasiada importancia al hecho de que sus piernas separadas y su vestido corto la descubre al dejarse acariciar por el viento que entra por todas las ventanas. Como un submarino sumergido en un océano de aire, lleno de grietas, hundiéndose. Llama la atención de un par de muchachos que empiezan a acercarce lentamente y luego la rodean sentándose uno a cada lado de ella…

P —Igual, entiendo que vos no seas bueno en este juego, al fin y al cabo sos un Healer…

H —Soy muy buen healer. Los buenos healers son soportes, y saben buffear y nerfear, pero antes de ser un healer, soy un gamer profesional.

K —Patrañas, sos un niño rata nomás.

Los muchachos que flanqueaban a Sirena se arriman, ella había cerrado sus ojos y el viento la envuelve. Las manos de los sujetos se posan en sus piernas.

T —Son buenos muchachos, voy a ver si les consigo algo de comer, yo ya comí. ¡Ay, no puedo resistirlo! La oscuridad encarnada puede ser terrible, pero también amorosa.

La sombra se convierte en Tebrasti, sentado en una azotea, hurgando entre los edificios y carteles… Su empatía le muestra imágenes…

Sirena seguía rodeada y acosada, uno de los muchachos inmiscuye su mano bajo el vestido, el otro entre sus pechos. A lo lejos, al frente, el conductor se debate entre detener la escena y seguir alimentando su morbo.

P —¿Saben que me gustaría?

H —¿Qué cosa?

P —Café. Un cafecito caliente.

K —¡Y unas facturas de hojaldre, che!

Sirena enreda sus dedos en las cabelleras de sus acosadores, ellos se miran cómplices, todo cierra perfectamente, es mágico. Sirena aferra fuertemente sus uñas en ambas cabezas, sangran, duelen, y rápidamente estrella las caras una contra otra y tira los cuerpos desmayados al pasillo. Se relaja, se deja envolver por el viento y saborea la sangre de sus uñas.

Tebrasti ríe a carcajadas saltando por el cielo con sus ojos enrojecidos.

T —¡Por algo es que los amo, mis amigos! La entidad oscura del mundo nos bendice y le regalamos dulces sueños…

Habían pasado minutos y la puerta del departamento se abre, Sirena entra y se quita las botas de gamuza.

K —¿Trajiste comida? Al final no te pude llamar.

H —Alguien anduvo diciendo que estabas haciendo guarradas…

P —Ella siempre hace guarradas! ¿Pero que te pasó? ¡Por las estrellas, te ensuciaste las botas!

S —Horrible, fue por el viento, me salpiqué.

P —No importa, yo te las limpio, tengo un aparato para estas cosas. ¡Tengo que andar limpiando sangre cada dos por tres!

K —Mentira, preferís hacer hoyos con rayos láser y cauterizan.

S —No traje comida, me traje a mi misma. ¿No es eso suficiente, queridos mojoncitos?

H —¿Qué cosa?

P —Soretes. Soretitos, más bien.

Una presencia oscura se adueña de la habitación, Tebrasti entra por la ventana y solo su cabeza y unas manos ocupadas parecen no estar fundidas con oscuridad impenetrable. Su cuerpo se visibiliza esbelto, contrastando con la noche estrellada.

T —Pasé por un mercado, tomé algunos tributos de los plebeyos mortales, café, unos muffins…

K —¡Magdalenas, que capo!

P —¡Café! Te amo Tebrasti.

T —…Algunas otras cosas.

S —¿Había un mercado abierto?

H —¿Le robaste a los chinos?

T —Para alguien que domina y se funde en la negrura, todo está ahí, para que lo tome. Son tributos de los mortales por dejarles saborear un poco más este mundo. Pronto saldrá el Sol, ese villano. ¡Disfrutemos de lo que queda de noche! Sirena, contanos tu erótica aventura.

S —Cogimos, se durmió, me vine para acá… No les voy a dar los detalles.

T —La otra, la del colectivo…

Nos vamos alejando del departamento, cruzando entre los edificio, con un rojo sol amenazando tras el horizonte.

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miércoles, 29 de septiembre de 2021

Sueño con la Mujer de Blanco

Salí repentinamente de un sueño indefinido y que ya olvidé, me encontré envuelto en la tibieza de mis sábana en una acogedora oscuridad, algo presionó mi cama, una forma parecía haberse sentado allí. Abrí mis ojos y el contraste me permitió ver una silueta de una mujer, a mis ojos una silueta gris pero que en realidad era blanca, tan blanca podría verla gris en plena tiniebla ahí, reposando junto a mis piernas. En la sima de la silueta un rostro de piel blanca como la ropa, de cabellos blancos, labios pálidos y ojos que rompían la escala de grises arrojándome su rojo sangre.

Las tibias sábanas se volvieron prisión, me encontraba inmóvil, totalmente vulnerable y expuesto a este ser que podía comparar con una araña inmensa que me contemplaba con la lejanía desde la que un dios o un demonio contempla a un mero mortal. Sus labios se tensaban sutilmente en una sonrisa macabra, sus ojos ardían y a pesar de que atravesaban mi alma no podía dejar de verlos. Me habló.

—Querido mío. Quiero darte un obsequio. Un frío beso que te hundirá en el abismo del cual emergerás como un ser nuevo, y nunca más temerás a la muerte o a la mediocridad. No temas, puedo devorarte como devoraría una araña a una pequeña mosca amarrada a su telaraña, pero lo que quiero es darte este obsequio, el poder de las tinieblas, un don y una maldición que proviene de más allá de lo comprensible por la frágil mente humana.

Ya sabía quién, o más bien qué, era la doncella que me aprisionaba. No era más humana, su cuerpo voluptuoso y elegante era toda una máscara que disfrazaba una bruma negra y gélida. Podía sentir como vida se drenaba muy lentamente hacia ella, lentamente pero sin pausa, lentamente y sin poder resistirme de forma alguna. Ya sabía qué era ella, una parásito que pasea por la noche alimentándose de la vida y jugando con el destino de nosotros, seres mortales y frágiles.

—¿Puedes asegurar, mi querido, que lo que sabes de mí y de mi naturaleza no es acaso un montón de ideas que yo te estoy poniendo en tu mente? ¿Qué cosa, te preguntas? ¿Es posible que tan solo al despertar sepas qué soy y por qué te estoy visitando? A lo mejor estas palabras son una mera formalidad, lo mismo cuando te ofrezco el beso frío de la oscuridad, quizás en verdad no tengas opción.

¿Cómo podía saber que tenía que elegir entre convertirme en un monstruo o un muerto? El poder me tentaba, la libertad también, la curiosidad, y hasta el miedo que latía en todo mi cuerpo me empujaba hacia ella.

—Quieres mi don… Lo sabía, pero debía preguntarte, aunque a mi modo. ¿Eso es un “sí”? Entonces ahora eres mío, voy a hacerte uno con la oscuridad, vas a escuchar los susurros del abismo, vas a ser como un dios o un demonio entre mortales, y los mortales serán tu sustento, aborrecerás el sol que te volverá ordinario, pero amaras la luna que te sonreirá en toda tu gloria. Ahora voy a darte mis labios…

El frío y la negrura me envolvieron. Sentí un aguijón punzándome y mi cuerpo desvaneciéndose. Sentía que caía indefinidamente, solo sentía la caída, susurros tras de mi, miles de miradas invisibles, y de repente un fuerte mareo y mi cuerpo volvió en forma de un cosquilleo.

Entonces desperté, todo era un sueño, no había mujer de blanco, no habían ojos observándome… Pero, no estaba seguro de estar despierto o dormido, me sentía alienado de mi propio cuerpo, mi consciencia se alborotaba alrededor mío. Todo estaba oscuro y a la vez todo estaba claro, podía tocar mi alrededor. Me levanté de mi cama sintiéndome ligero, como si estuviese borracho, o si estuviese bajo el agua. ¿Era un sueño lo que había pasado? Sentía un vacío y una necesidad imperiosa de buscar la compañía de alguien, de quien sea!

A lo largo de la noche puede recordar conversaciones que tuve con esa mujer de blanco, conversaciones en las que solo ella hablaba y contestaba a mis pensamientos, e imágenes y sonidos se me aparecían, e inmediatamente sabía lo que quería saber. Supe muchas cosas. Supe que ya no era humano, que el frío beso fue real aunque la mujer de blanco haya sido un sueño. Supe que “algo” había estado conmigo durante la noche mientras dormía y soñaba, supe que habían pasado varios días y varias noches y que ese “algo” había impedido que me perdiese en ese abismo en donde caía incorpóreo. Yo era un strigoi…

¡Soy un strigoi! Soy un monstruo…


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Enredadera - Otra Tarjeta

La mañana y sus rayos de sol eran recibidas en el cuarto de Vicente, mientras que él se levantaba de la cama para ir al baño, Laura se terminaba de vestir. La cama estaba desarmada y entre la colcha que estaba en el suelo ella rescataba a uno de sus calcetines.

L —Ya me voy Vicente

V —¿Podés esperar, que estoy cagando?

L —No, se me hace tarde che. Dale, besos, te hablo a la tarde o a la noche. Te tiro las llaves por la ventana!

V —Bueno, cuidate!

L —Che, me llevo tu SUBE, la mía no tiene más crédito.

V —¡Para boluda, no te la lleves! ¡La necesito!

L —¿Qué vas a necesitar, si no trabajas ni estudias. Te dejo la mía, cargala y usala, yo no tengo tiempo, chau!

V —Pará! Ya salgo!

Laura estaba abriendo la puerta de la casa y Vicente se las ingeniaba para terminar lo que hacía lo más pronto posible, se limpió rápido y salió a las corridas. Ella se había ido, así que le pegó un grito por la ventana y la llamó.

L —No tengo tiempo, en serio, te dejé mi tarjeta en la mesa, cargale algo y usala.

V —Pero che, necesito mí sube, es imporante.

L —No me jodas, chau!

V —¡Usala solamente para viajar! ¡No la saques para ninguna otra cosa! ¡Cuando salgas de la facultad te llevo la tuya y me das la mía!

Pero ya estaba como en la esquina de la cuadra y apenas lo escuchaba.


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martes, 28 de septiembre de 2021

El Sotano Fungico

 Detrás de una puerta muy vieja hinchada por la humedad de muchos años, bajando una escalera irregular y crujiente, sumergiéndose en un aire denso y pesado. La humedad, la tierra, el olor al moho asentado en las paredes y habiéndolo invadido todo. Un sótano. Un sótano del que se han apoderado los hongos y el tiempo, y un cuerpo que yace en letargo y procastinación, con un par de ojos con lagañas que se entre abren...